Proclama de Arciniega

En el año 1830, Fernando VII tiene una hija, María Isabel luisa de Borbón, nacida de su cuarta esposa, Maria Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Hasta ese momento había regido en España la Ley Sálica que impedía el acceso al trono de las mujeres, pero entonces el rey promulgó la Pragmática Sanción que anulaba la Ley Sálica y abría el camino al trono de su hija Isabel II. El posible sucesor hasta entonces, el hermano del rey, Carlos María Isidoro de Borbón, se opuso frontalmente.

Con la muerte de Fernando VII (29/09/1833),  fallecía el último monarca absoluto español y se iniciaba un proceso que culminaría con la implantación definitiva del sistema liberal y el fin del Antiguo Régimen. Esto sólo fue posible porque por vez primera la monarquía (la regente María Cristina y su hija Isabel II) y la alta nobleza asumieron los principios del liberalismo moderado, incorporándose como valedores al nuevo sistema. Mientras, las fuerzas del absolutismo, agrupadas en torno a Carlos María Isidoro, hermano del Rey, se opusieron a tal situación. La presión del carlismo y de la guerra obligó a la regente a buscar más apoyos sociales, abriéndose cada vez más a los liberales. Este proceso desembocó en la creación de una monarquía constitucional y liberal.

En torno a Carlos se agruparon los sectores absolutistas más radicales, reaccionarios y tradicionalistas, preocupados por el giro de moderación que Fernando VII había dado en los últimos años de su reinado y que la regente María Cristina había continuado. Bajo el lema de “Dios, Patria, Rey y Fueros”.

Los carlistas, defendían la monarquía absoluta de origen divino, defensa de la preeminencia de la Iglesia católica, la vuelta de la Inquisición y rechazo de las desamortizaciones eclesiásticas, y defendían los fueros. Encontraron apoyo social en parte de Aragón, Cataluña, Valencia y sobre todo en Euskal Herria, especialmente en las áreas rurales.

Los liberales, por su parte, defendían la libertad de comercio e industria libre y la propiedad privada. Controlaban las principales instituciones del Estado, la mayoría del ejército y todas las ciudades importantes.

En Euskal Herria, dicho conflicto estuvo condicionado por las tensiones sociales entre partidarios y detractores de la permanencia de los regímenes forales. Mientras los propietarios rurales deseaban su pervivencia, los comerciantes, residentes principalmente en las ciudades, deseaban su supresión o modificación. Los primeros se identificaban mayoritariamente con el absolutismo, a pesar de que Fernando VII, padre de Isabel II, también había intentado la supresión de los fueros. Artziniega, estuvo al lado del bando carlista y la iglesia local también se posicionó con las tesis carlistas.

Por lo tanto, parte de los vascos que apoyaron las tesis carlistas no era por causas dinásticas, si no, principalmente por defender la no desaparición de las instituciones vascas establecidas en los fueros y que defendía, con matices, el infante Carlos María Isidro de Borbón. No hay que olvidar que la sociedad vasca, también, era muy católica.

Groso modo esta lucha dinástica y conflicto socio-político fueron los motivos que originaron, según los historiadores, la primera guerra carlista entre los cristinos o isabelinos (liberales) y los carlistas (absolutistas);  por eso en los territorios forales es donde más beligerancia hubo. En total fueron tres Guerras Carlistas. La primera de 1833 a 1839, la segunda de 1846 a 1849 y la ultima de 1876 a 1879 con varios alzamientos carlistas de por medio. De un hecho histórico de la primera, también llamada de los Siete Años se trata este artículo.

LA PRIMERA GUERRA CARLISTA

 Entre 1833-35, son años de expansión e iniciativa carlista. Inicialmente los carlistas se agruparon en partidas que aunque muy móviles carecían de la suficiente organización y no formaban un ejército regular. Con el tiempo, el general Zumalacárregui consiguió conformar un auténtico ejército gracias a su labor de organización y su capacidad de liderazgo, consiguiendo reunir un ejército de 35.000 hombres y dominando casi por completo los espacios rurales de la zona vasco-navarra, donde la causa carlista contaba con grandes apoyos. Sin embargo, nunca consiguieron conquistar las grandes ciudades. En este sentido la obsesión del mando carlista fue la ocupación de Bilbao, en cuyo primer sitio, en 1835, moría Zumalacárregui. El carlismo perdía a su militar más soberbio y carismático.

Entre 1835-37 se produce una reacción liberal y se alcanza un equilibrio de fuerzas. A la vez, la guerra sale del ámbito regional y se extiende por el territorio nacional. El carlismo trató de romper su confinamiento y ligar los distintos focos de insurrección (Euskal Herria, Pirineo catalán y Maestrazgo), intentando crear otros nuevos. El núcleo carlista en el Maestrazgo se consolidó con el crecimiento de las guerrillas del general Cabrera y se sucedieron expediciones militares carlistas de gran calado que transitaron por la península tratando de extender la guerra al centro y el sur del país. El general Gómez recorrió durante meses buena parte de España (salió de Amurrio y pasó por Artziniega), tratando de buscar nuevos apoyos, y se produjo la incursión del pretendiente Don Carlos hasta las puertas de Madrid, que fracasa y termina con su vuelta a sus reductos de territorio vasco. Este periodo finaliza con el fracaso de un nuevo asedio carlista de Bilbao a finales del 1836. En la batalla de Lutxana, los cristinos dirigidos por Espartero rompen el cerco de la ciudad, marcando un definitivo cambio de tendencia en la guerra. La victoria de Espartero en dicha batalla lo terminó aupando al mando del ejército liberal.

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El carlismo a lo largo de la guerra se mantuvo como un movimiento esencialmente rural y nunca consiguió controlar una ciudad importante. Sin embargo, la búsqueda de reconocimiento internacional y la necesidad de afianzarse en el territorio, les llevó a obcecarse en la conquista de San Sebastián a finales de 1835 y principios de 1836 y sobre todo los sitios Bilbao en 1835 y 1836.

En Artziniega como se dice vulgarmente, os podemos asegurar que hubo “mucho tomate”, como vemos en este parte de guerra:

De Medina de Pomar con fecha 11 del actual nos dicen lo siguiente:

Ayer jueves a las diez de la noche paso Sanz con 800 hombres sumamente estropeados por entre Barcenillas del Rivero y Revilla, y fueron a amanecer a Villaventín y de allí a Quincoces y Arciniega. Dos días antes ya se supo aquí que pensaba pasar, y Espartero con todo el ejercito del Norte y de reserva tenia tomados todos los puntos: pero Sanz ha sabido mas, pues ha pasado por donde se acaba de decir, habiendo en Gayangos dos batallones y un escuadrón, otros tantos en Espinosa, Villasante y los demás pueblos. Al cabo de cuatro o cinco horas supieron que habían pasado y los persiguieron; mas solo han cogido algunos rezagados. Los facciosos están fortificando a Orduña y Arciniega. En el último fortifican la torre y han echado abajo todos los tabiques, el granero y pajares que estaban delante de la casa. Estas fortificaciones las han empezado habiendo en Mena 300 hombres con Espartero, sin que haya ido ni un batallón a estorbarlo. Se dice por muy cierto que los rebeldes han vuelto a poner sitio a Bilbao, y así debe ser, porque las tropas se dirigen a Mena.

Eran las tropas isabelinas camino de Bilbao, conocido como segundo “Sitio de Bilbao”. Nuestra intención no es ni contar la historia de la guerra ni lo que sucedió durante ella en Artziniega ni en los territorios forales vascos; tendríamos con ello para varios libros. Lo que os vamos a contar es un hecho histórico que se dio aquí y que ha pasado por alto en los documentales que se han hecho al respecto y obviado por algunos de los historiadores vascos, aunque no hay libro de historia de España que no remarque la importancia de ello.

PROCLAMA

Debido al intento fallido de recuperar Bilbao, la derrota en la Batalla de Luchana, varias perdidas de plazas importantes, expediciones fallidas para entrar triunfantes en Madrid, falta de munición, alimentos… algunos carlistas empezaron a desmoralizarse porque veían que estaba todo perdido y crearon una facción carlista que apoyaba el fin de la guerra y buscaban un pacto. Entonces empezaron las tensiones y el Rey Carlos, así se autodenominaba, empezó a desconfiar de algunos mandos carlistas, sobre todo vascos.

Arias Tejeiro separó á D. Vicente González Moreno del mando del ejército, y haciendo creer á D. Carlos que la generalidad de los que le servían propendía á una transacción que anunció se proyectaba en la alocución de Arciniega, presentó á la vista del príncipe como enemigos declarados á los principales generales, gefes, oficiales y soldados, indicando como participes en este plan de defección á la causa realista , á cuantos hombres descollaban en ella por sus servicios y nombradía , siendo este el verdadero delito para el hombre y el partido que sin antecedentes ni misión querían mandar á todo trance. El príncipe, horrorizado, obcecado y lleno de recelos, se sujetó á la dirección ciega de Arias Tejeiro y de los que formaban su parcialidad, permitiendo con toda amplitud á su ministro la ejecución de cuantos proyectos y atentados tuvieron lugar contra los hombres que aborrecía.

Como leemos, el ministro Arias Teijeiro convenció al pretendiente Carlos para hacer lo que quisiera con los hombres que aborreciera. Y estando los dos en el Cuartel Real de Artziniega, redactaron la llamada “Proclama, Alocución o Manifiesto de Arciniega”.

Carlos, muy abatido, junto a su ministro y la expedición real, que había venido de la fracasada toma de Madrid, entre ellos el cura Merino, (cura absolutista que lucho del bando carlista) llegaron al fuerte de Artziniega el 25 de Octubre de 1837. Se hospedaron en el Convento de las Agustinas donde al día siguiente de llegar, le vieron tomarse una jícara de chocolate. Y el día 27 como curiosidad vemos que “Carlos quinto, acompañado de sus gentiles hombres, y en este mismo día dio de limosna al Convento 1000 rls” para hacer frente a los problemas económicos que tenía el convento.

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Habitación del interior de la Torre de Ruiz de Monteano y Oribe Salazar.
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Torre e Iglesia. Unas de las edificaciones que componen el Convento Ntra. Sra. de los Remedios (Agustinas).

La proclama, no sabemos si escrita mientras tomaba un chocolate, está firmada el 29 de Octubre de 1837 y así decía:

Voluntarios: La revolución vencida y humillada, próxima a sucumbir a vuestro esfuerzo sobrehumano, ha librado su esperanza en armas dignas de su perfidia, para prolongar algunos días su funesta existencia; más, por fortuna, están descubiertas sus tramas: sabré frustrarlas. Para realizarlo, para dictar providencias que pongan cuanto antes término a esta lucha de desolación y de muerte, he vuelto momentáneamente a estas fidelísimas provincias; pronto me veréis de nuevo donde, como hoy aquí, me llaman mis deberes. Vuestro heroísmo interesa demasiado mi paternal corazón para que renuncie a triunfar y, si preciso fuere, a morir entre vosotros.

Voluntarios: No bastaba la continuada serie de hazañas y de prodigios que forman la historia de vuestras campañas; los cinco últimos meses llevan vuestro mérito todavía más allá de cuanto se había visto, y el cuerpo expedicionario que me ha acompañado ofrece un ejemplar sin modelo. Con sólo la tercera parte del ejército que opera en Navarra y provincias Vascongadas se han reducido las fuerzas enemigas a un número ya menor de las que hoy tengo disponibles en todos mis dominios. Habéis vencido al ejército revolucionario en los llanos como en las montañas, sin artillería como con ella. Huesca, Barbastro, Villar de los Navarros, Retuerta, serán eterno monumento de vuestras glorias; si la falta de municiones o de cooperación de algún cuerpo precisó por el momento a ceder terreno, dejasteis harto escarmentado al enemigo, haciéndole sufrir pérdida triplicada; y en las mismas retiradas, un corto número ha podido marchar seguido, no hostilizado, por más de dobles fuerzas, que no han osado atacaros cuando les habéis presentado la batalla, que ni un solo tiro han disparado contra vuestras masas; sobre todo, habéis hecho ver a la Europa que mis enemigos lo son de los pueblos; que la decisión y lealtad de éstos no puede ser mayor; que su adhesión a mi persona y su entusiasmo por mi justa y sagrada causa han arrostrado la sangrienta venganza de sus opresores; que sólo esperan vuestra protección para sacudir el yugo que los esclaviza, lo mismo en Aragón que en Cataluña, en Valencia como en Castilla.

Sí, voluntarios: ni en vosotros ni en los pueblos ha estado dejar de exterminar la usurpación en este país desgraciado, teatro de sus horrendos crímenes y de la anarquía que devora a sus propios hijos, y que acabaría por devorarla a ella misma. Causas que os son extrañas, causas conocidas, causas que van a desaparecer para siempre, han dilatado por poco tiempo más los males de la patria. Pero el ensayo está hecho; se ha visto a cuánto puede aspirarse, y las medidas que voy a adoptar llenarán vuestros deseos y las esperanzas de todos los buenos españoles.

Voluntarios: Testigo de vuestro heroico denuedo, compañero de vuestros sacrificios y fatigas, admirador de vuestra resignación y virtudes, quiero ante todo daros la muestra mayor de mi Real aprecio. Desde hoy me pongo a vuestro frente, y os conduciré por mi mismo a la victoria; preparaos a recoger nuevos laureles; sed dignos de vosotros mismos y, contando con la protección de vuestra Generalísima, confiad en que vuestro General es vuestro Rey=Carlos=Real de Arciniega 29 de octubre de 1837.”

 

Una vez hecha la proclama, los principales mandos militares y políticos pasaron de ser ejercidos por vascos a serlo por personas que no eran de estas provincias. Eran todos castellanos, personas al dictamen del pretendiente que habían abandonado sus residencias al ser represaliados, refugiándose en territorio vasco dominado por los carlistas. Estas personas que se hicieron con los cargos administrativos de la Corte, fueron conocidos como los verdaderos “ojalateros”  y otros hechos presos, como Zariategui.

Este Zariategui, le escribió una carta a Carlos que no le convenció  y le detuvieron.

“SEÑOR: yo sé, y todo me indica que hay una gran trama contra mí; pero tranquila mi conciencia estoy dispuesto á todo lo que sobrevenga: solo suplico á V. M. no me abandone á merced de mis enemigos y que en todo caso se me dé lugar á justificarme.”

En tanto que esta súplica era entregada por su ayudante Vidal, cuando don Carlos estando en Amurrio, volvía de misa; el general Vivanco, nombrado fiscal se presentó en Zúñiga y arrestó a Zaratiegui. Ya preso, le mandaron escoltado por un oficial y algunos caballos al fuerte de Artziniega. El 18 de noviembre entró en Artziniega y estuvo incomunicado hasta el primer día de 1838. El febrero siguiente, habiéndose aproximado al fuerte las tropas constitucionales, reclamó del gobernador que le pusiera a salvo del peligro, pues debía de sufrir el riesgo de caer en manos de sus enemigos sin antes justificarse; entonces el gobernador le entregó su caballo, y Zaratiegui salió solo del fuerte con su asistente; estuvo dos días en los pueblos que le acomodó, y luego que las fuerzas constitucionales se retiraron de la vista del fuerte, volvió a él.

 FINAL DE LA GUERRA

Todas las memorias que hemos revisado de la época subrayan que los hechos que ocurrieron debido a esa proclama fueron el principio del fin de la derrota carlista. Aquí dos ejemplos:

Según Adolfo Loning –teniente de la Guardia Real de Fernando VII y posteriormente el primer alemán que se alistó en el ejército carlista- los conocidos como ojalateros “eran una raza que produjo más daño a la causa carlista que diez derrotas y los culpables del desastre que obligó a finalizar la guerra”. Por su parte el general carlista Clemente Madrazo Escalera decía que el Manifiesto de Arciniega fue “el origen de todos nuestros males y verdadera caja de Pandora abierta por el inexperto y atolondrado Arias Teijeiro.”

A consecuencia de todo lo expuesto, a partir de 1838, a la vez que aumentó la presión de los liberales, creció la división en el bando carlista, entre los transaccionistas o partidarios de un acuerdo que acabase con la guerra y los intransigentes o apostólicos que creían en la continuidad del conflicto.

El 29 de Agosto de 1839, en las campas de Bergara en Oñati (Gipuzkoa), se firmó el Convenio que sellaba la paz entre Espartero, al mando de las tropas isabelinas y Maroto al frente entonces de las tropas carlistas, conocido también como el “Abrazo de Vergara”. El estado se comprometió a admitir a los militares carlistas en el ejército manteniendo sus grados y a estudiar el mantenimiento de los fueros vascos “en cuanto fueran conciliables con las instituciones y leyes de la nación”.

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Abrazo entre Maroto y Espartero en las campas de Bergara (Oñati, Gipuzkoa).

Aunque siguieron algunos enfrentamientos un año más, sobre todo en Catalunya, porque el pretendiente Carlos no aceptó la rendición, se puede decir que con ese convenio y su posterior exilio a Francia terminó la primera Guerra Carlista.

 

Nota: Ha costado mucho poder sintetizar la primera guerra carlista, seguramente haya matices que corregir, pero la intención era hacer una pequeña introducción para que supierais en qué contexto se redactó lo que queríamos destacar: El Manifiesto de Artziniega.

 

Bibliografía:

-Galería militar contemporánea : colección de biografías y retratos de los generales que mas celebridad han conseguido en los ejércitos liberal y carlista, durante la ultima guerra civil de las campañas del norte y Cataluña. (1846)

-D. Carlos María Isidro de Borbon. Historia de la guerra civil. D.M. olvido y Otero. (1845).

-Panorama Español, crónica contemporánea. (1845).

-Memoria militar y política sobre la guerra de Navarra, fusilamientos de Estella y principales acontecimientos que determinaron el fin con la causa de D. Carlos Isidro de Borbon. D. Jose Manuel de Arizaga. (1840)

-Parte de guerra del ejercito liberal del 11 de Noviembre de 1836.

-El Convento de las Madres Agustinas de Arceniega. José Iturrate. (1975).

-El Español 15 de Noviembre de 1837.

-http://www.zumalakarregimuseoa.eus

-http://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/

-Fotos:

-El cuadro del El abrazo de Vergara de Pablo Béjar.

-Batalla de Luchana de Galería contemporanea.

-Torre e iglesia de Geografía General del País Vasco-Navarro. Provincia de Alava. Vicente Vera. (1911-1925).