!LA VIRGEN DE LA ANTIGUA NO VALE NI PARA DESCALZAR A LA DE LA ENCINA!

Antonio de Trueba y de la Quintana, fue un escritor vizcaíno, que en 1862 fue proclamado cronista y archivero del Señorío de Vizcaya. Entre otras cosas, escribía leyendas, como por ejemplo la de los montes bocineros.

Sobre Artziniega también escribió un par de cosas, pero en este caso un “cuento sucedido” según él, en Orduña, que está la Virgen de la Encina de por medio. Publicado en la obra Cuentos Populares de Vizcaya:

La Virgen de la Encina en el año de su consagración. 1954

LAS TRES DEVOCIONES

I. Los cuentos contados por mí al público (que en verdad no son pocos, puesto que llegan a diez tomos, se dividen en tres clases: cuentos propiamente populares, pues son recogidos de boca del pueblo y recontados por mí como Dios me da a entender; cuentos inventados por mí, en virtud de que soy un cachillo del pueblo y no se me ha de negar la libertad de inventarlos, cuando al más zamarro se le concede, y cuentos que no lo son. A éstos últimos, que pudieran también llamarse «Cuentos Sucedidos», pertenece el que voy a contar para explicar cuál es la devoción como Dios manda y cuáles las devociones como manda el diablo.

II. Han de saber ustedes que en Vizcaya hay un pueblo, cuya única inmodestia consiste en llevar el nombre de ciudad, no teniendo la décima parte del vecindario de Bilbao, que lleva el nombre de villa, y aún esta inmodestia es sólo aparente, pues el pueblo de que se trata no lleva el nombre de ciudad por vanidad propia, sino porque le heredó de sus honrados antepasados, que no le ganaron adulando a los reyes o señores, sino derramando su sangre y gastando su hacienda en serviciode Dios y de la patria.

Este pueblo, que se llama Orduña, tiene fuera sus muros, en las estribaciones septentrionales de la cordillera pirenáico-catábrica, un santuario muy venerado, consagrado a la Madre de Dios con el nombre de la «Virgen de la Antigua», que se funda en proceder la imagen que allí se venera de otro pueblo que precedió al actual y tuvo asiento precisamente donde le tiene el santuario que conmemora su existencia.

En Orduña, como en todos los pueblos, sin exceptuar a los más religiosos y cultos, hay gentes que no entienden la devoción como Dios manda, que es como la entiende el capellán de la Virgen de la Antigua, sino como manda el diablo, que es como la entiende Orapronobis, y sobre todo como la entienden Juan Palomo y su hijo Bartolo.

III. Orapronobis era una viuda más simple que los que creen en el patriotismo de los políticos de oficio, y es tenida por una santa, que por intercesión de la Virgen de la Antigua alcanza de Dios grandes favores.

Esta circunstancia mueve a las gentes que tienen de la devoción la idea que tiene Orapronobis y tienen Juan Palomo y su hijo, a pedir a la primera que les alcance de Dios por intercesión de la Virgen de la Antigua, lo que más cuenta les tiene; y Orapronobis, que es incapaz de negar a nadie favores de esta naturaleza, se apresura siempre a acceder a tal petición; de modo que sí la Virgen o su divino Hijo no son siempre tan complacientes como ella, no es por falta de voluntad y diligencia de Orapronobis.

Citaré un ejemplo de ello. Uno de los que en los puertos de mar cargan de pescado frescos sus caballerías y van a venderlo a los puertos del interior, llegó a Orduña (que dista de la costa ocho o diez leguas) con dos cestas de besugos que le quedaban de los que había cargado en Bermeo, y una fresquera se las compró, para vender los besugos al por menor. La fresquera decía, mirando hacia la costa, con ansia de ver aparecer hacia allí nubarrones que indicasen próximo temporal:

— Si Dios quisiera que se alborotase la mar de modo que en dos o tres días no pudiesen salir a ella los pescadores de Bermeo, me ponía yo las botas vendiendo como quiera las dos cestas de besugos, que tendré que vender a cualquier precio si la mar está buena y viene por Orduña peste de besugos más frescos que los míos.

Y así pensando y diciendo, se fué a ver a Orapronobis y le suplicó que rogase a la Virgen de la Antigua que se alborotase la mar, y Orapronobis se fué inmediatamente al santuario, y con todo su corazón y toda su alma, pidió a la Virgen que intercediese con su divino Hijo para que se alborotase la mar, de modo que no pudiese salir ni una lancha pescadora, y la pobre fresquera de Orduña, libre de toda competencia, pudiese vender al precio que le diese la gana las dos cestas de besugos, aunque estos olieran a demonios.

IV. Estaba yo por decir que en punto a devoción, Juan Palomo es otro que bien baila, pero me guardaré muy bien de decirlo, porque la devoción de Orapronobís, al menos en la intención, se diferencia mucho de la de Juan Palomo. Juan Palomo cree en Dios y en la Virgen y en toda la corte celestial, pero es con la condición precisa de que Dios y la Virgen y los Santos han de hacer lo que a él le tenga cuenta.

Un día acudió a Orapronobís, suplicándole que pidiera a la Virgen de la Antigua que no se muriese un huésped que él tenía en su casa y le pagaba lucrativo hospedaje y había caído enfermo de mucho peligro, Orapronobís le complació, el huésped se puso bueno, y Juan Palomo anduvo por mucho tiempo armando camorras con los de Arceniega, y los de Begoña, y los de Eibar, sosteniendo que ni la Virgen de Begoña, ni la Virgen de la Encina, ni la Virgen de Arrate, ni ninguna Virgen, aunque fuese bajada, del cielo, valía nada en comparación de la Virgen de la Antigua, de Orduña.

Otro día acudió a la misma Orapronobís, suplicándole que pidiera a la Virgen de la Antigua que subiera todo el pueblo el precio del trigo, porque él tenía aún sin vender todo lo que había acaparado para la venta en agosto último: Orapronobís le complació muy de veras; pero el precio del trigo en lugar de subir bajó, y Juan Palomo, que sabía cuánto les quemaba la sangre a los de Orduña el que se dijera que la Virgen de la Encina valía más que la Virgen de la Antigua, armó cien camorras con ellos, diciéndoles que la Virgen de la Antigua no valía ni para descalzar a la de la Encina; y en cuanto a Orapronobís, decía que era una beatona falsa, a quien ni Dios ni la Virgen ni ningún santo hacían caso, y que si su huésped se había puesto bueno, era porque no le había llegado la hora de la muerte, y añadía que ni Dios ni la Virgen ni los santos se metían en que un hombre se pusiera bueno o dejase de ponerse.

Esta era la devoción de Juan Palomo, de quien su hijo Bartolo era vivo retrato por fuera y por dentro. ¿No es verdad que la devoción de Juan Palomo, aún más que la de Orapronobis, lejos de ser como Dios manda, era como manda el diablo?

V. Llegó el tiempo de la quinta, y entraron en ella el hijo de Juan Palomo y el hijo único de Orapronobis, sacando el primero el número 13 y el segundo el número 12, para doce soldados que correspondían a Orduña. El hijo de Juan Palomo no tenía exención alguna, y por consecuencia, sí se libraba el hijo de Orapronobis, que alegaba la de hijo de viuda pobre, a quien mantenía, su padre no tenía más remedio que dejarle ir a tomar el chopo o soltar para redimirle ocho mil reales, que para él era como soltar ocho mil dientes; pero Juan Palomo y su hijo, que habían protestado de la exención del hijo de Orapronobis, confiaban en que éste sería declarado soldado, completándose con él el cupo.

Entre las gentes cuya devoción correspondía a dos de las tres de que se trata en este cuento, empezó a cundir la opinión de que Orapronobis apretaría más firme que nunca con la Virgen de la Antigua para que su hijo saliese libre, y cuando Juan Palomo y su hijo cayeron en esto, convinieron en que Bartolo corría grave riesgo de ser declarado soldado.

Padre e hijo cogían el cíelo con las manos, viéndose amenazados de este peligro, y la víspera de la declaración de soldados, a fuerza de discurrir en busca de medios para conjurarle, dieron por fin con uno que les pareció a pedir de boca y les tranquilizó por completo. Este medio consistía sencillamente en plantarse los dos de centinela día y noche en el campo que precede al santuario de la Virgen de la Antigua, y no consentir ni a tiros que Orapronobis pasase al santuario a rogar a la Virgen que saliese libre su hijo.

VI. En efecto, Juan Palomo y su hijo, armados cada cual de un buen garrote, se fueron aquella noche al Campo de la Antigua, resueltos hasta a deslomar de un garrotazo a Orapronobis, si no había otro medio de impedir a ésta que visitase a la Virgen, y allí permanecieron toda la noche, y continuaban la mañana siguiente, ojo avizor uno y otro, a ver si Orapronobis asomaba por allí antes de hacerse la declaración de soldados, que debía empezar a las diez de la mañana.

A muchas mujeres vieron pasar hacía el santuario desde que empezó a rayar el alba, unas pobres y otras ricas, unas calzadas y otras descalzas, unas con la cara descubierta y otras con la cara velada, pero ninguna de ellas era Orapronobis. Únicamente, cuando todavía no había acabado de amanecer, repararon en una, cuyo andar les pareció el de Orapronobis, pero se convencieron de que no era ella, porque iba descalza de pie y pierna, cosa que ni de pensar era de Orapronobis, que vestía siempre de medio señora, y era tan honesta, que se lo tapaba todo, incluso la cara.

Las diez de la mañana estaban para dar, y Juan Palomo y su hijo se disponían a dejar el puesto, creyendo no ser ya necesario que permanecieran en él, y contentísimo por haber pasado para Bartolo el gran peligro de que Orapronobis pidiese a la Virgen que saliese libre su hijo, cuando padre e hijo dieron un bramido de cólera y desesperación viendo a Orapronobis salir del santuario descalza de píe y pierna, sin duda porque había hecho voto de ir así a visitar a la Virgen,—¡Sernos perdidos!—exclamó Juan Palomo. ¡Perdidos sernos! —asintió su hijo.

Y reventando los dos de ira, se dirigieron al encuentro de Orapronobis, poniéndola de santurrona, de devota falsa, de hipocritona, de fanática, de chupalámparas, de tragasantos y de husmeasacrístías, que no había por donde cogerla.

Orapronobis, asustada con los insultos y el ademán amenazador de Juan Palomo y su hijo, empezó a dar voces en demanda de auxilio; y oyendo aquel alboroto el venerable capellán del santuario, se apresuró a salir a averiguar en qué consistía, y apaciguarle.

VII. — Qué es eso, hijos míos, que tanto irrita y altera a ustedes? —preguntó el capellán a Orapronobis y sus increpadores. —Señor capellán, que por esta picara beata va a ir mi hijo soldado.—No hay tal, señor capellán, que si va será porque la Santísima Virgen quiera librar al mío. —Pues precisamente eso es lo que yo quiero decir. Prevalida esta bribona de que consigue de la Virgen lo que le da la gana… —Hijos míos—interrumpió el capellán a Juan Palomo, profundamente dolido de la falsa idea que, tanto aquel majadero como aquella mentecata tenían de la devoción—les conozco a todos ustedes, y sin necesidad de explicación suya ni de nadie sé por cuan errado camino van ustedes en materia de fe religiosa. Escúchenme ustedes y después de escucharme, obren en esta materia como obra la generalidad de las gentes del honrado y piadoso pueblo a que ustedes y yo pertenecemos. —Si su hijo de usted — continuó el capellán dirigiéndose a Orapronobís—es declarado libre del servicio militar, será porque sea justo, que si no lo fuera, la Virgen no habría de interceder con su divino Hijo para que se cometiera una injusticia.

¿Qué idea tienen ustedes de Dios y de su Santísima Madre y de los santos? Ciertamente que la tienen muy errónea, Dios es la esencia de la justicia y del bien, y siéndolo, es el colmo del absurso el solicitar y esperar de él cosa que sea en perjuicio de nuestros semejantes en general o de alguno de ellos en particular. ¿Comprende usted, obre y simplicílla hija mía, lo que quiero decirle? —¡Ay, señor capellán! No lo comprendo, porque Dios no me ha dado bastante talento para ello, pero sí comprendo que cuando usted lo dice será mucha verdad. —Pues nada más puedo decirle a usted; y ahora voy a ver si soy más feliz explicándome con éstos… —Señor capellán – saltó el bestia de Juan Palomo – no se canse usted en pedricarnos a mí ni a mi hijo. A buenos cristianos no nos ganan ni usted ni todos los curas y frailes de este mundo, pero no pasamos por eso de que siempre ha de servir uno a Dios y Dios no le ha de servir a uno más que cuando a él le dé la gana.

—¡Canario, tiene razón mi padre! —añadió Bartolo. — Y yo digo como él, que por más que nosotros los de Orduña andemos siempre con que no hay Virgen como la «aquí en esto», la Virgen de «aquí en esto» no vale más que para hacerle a uno trastadas como la que «pueda» ser que nos haga hoy mismo.

Ya iba el capellán a poner severo y elocuente correctivo a las barbaridades de Juan Palomo y su hijo, cuando se vio detenido por los gritos de alegría que daba el hijo de Orapronobis subiendo a anunciar a su madre que había sido declarado libre.

Juan Palomo y su hijo quedaron en silencio un instante, meditando el medio de hacer estallar su desesperación y su despecho, y cuando creyeron haber dado con uno que a la par fuese un desahogo de su rabia y un insulto a la Virgen de la Antigua y a los orduñeses, arremetieron hacia la ciudad, gritando:

¡Viva la Virgen de la Encina de Arceniega, que la de la Antigua de Orduña no vale nada!

Desde entonces este cuento se cuenta en Orduña para explicar cuál es la devoción como Dios manda y cuáles las devociones como manda el diablo.

Bibliografía:

  • Cuentos populares de Vizcaya Tomo X. Antonio de Trueba y de la Quintana. Año 1925.

Utzi erantzun bat

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